El grifo abierto: Cosechar los pasos y el banquete de la vida


Tengo ganas de escribir. Siento un placer de desahogo sin igual, hasta me hace lagrimear.

Tengo tantos pensamientos en la cabeza que necesito organizarlos en algún lugar. Siento que el grifo está abierto desde hace un tiempo, pero me abstengo de aceptarlo; sin embargo, ya estoy cansado de dejar el piso mojado y me comprometo a empezar a repasar. No es un compromiso con nadie, ni siquiera conmigo mismo —«comprometer» ni siquiera es la palabra adecuada—, pero sé que me entiendes.

En la novela que estoy leyendo actualmente se tocan conceptos con los que me siento muy familiarizado últimamente: eso de lo que no se puede hablar porque no hay palabras para explicar. Aquello que muchos escritores intentan comunicar, pero que solo los que estuvieron conectados con eso pueden interpretar.

Quiero empezar a tomar el control de mi espíritu, tal como cuando era un niño. No necesito que todos mis pasos estén señalizados; eso sería aburrido. Le quitaría el único factor por el cual merece la pena vivir: las infinitas posibilidades que hay con cada paso que tomas.

Me he dado cuenta de que cada paso que damos, dentro de ese abanico infinito, trae consigo oportunidades de aprendizaje únicas. Es vital no desperdiciar estos frutos ni dejar que se descompongan. Por eso me quiero proponer escribir más: es una forma de recoger esos frutos para tener un banquete más abundante en la vida.

Al final, el tiempo a solas es fundamental. Aunque diría que, en realidad, nunca estás solo; estás con todo, al mismo tiempo, sin ninguna interrupción.